Para la reflexión

1.3 La cultura y su gestión

  • Gestión cultural / gestión de cultura: esas dos expresiones vienen a compendiar prácticamente lo mismo; pero no está de más tener en cuenta algún matiz. Gestión cultural es la expresión generalizada en español para referirnos a la profesión, o el oficio, de quienes se ocupan de la cultura en sus dimensiones tanto teóricas como concretas; y no suscita dudas al respecto. Gestión de cultura puede proponer un paso más, el de abordar la cultura como función social que compete a los gestores culturales, pero también fundamentalmente a responsables de políticas y programas públicos —y que muy frecuentemente no tienen la gestión cultural por profesión—; expresarlo así vendría a hacer alusión al problema de la cultura en la politeya, que va más allá de las tareas de organización, selección, programación, etc., habituales de la praxis de la gestión cultural. En el texto se ha procurado tener en cuenta este matiz, en todo caso complementario.
  • A veces creemos estar seguros de qué significa lo que hemos heredado, qué implica para nuestra forma de entender el mundo; pero los símbolos y sus significados han perdido con frecuencia su sentido y los manejamos en una iconografía cerrada y doméstica en ocasiones de corto alcance. Es bueno tener a mano, por ejemplo, el Diccionario de temas y símbolos artísticos ([trad. de Jesús Fernández Zulaica]) 2 vols. 2003. Alianza Editorial) de James Hall, porque abre ventanas a raíces olvidadas, o ignoradas, a comprensiones de lo real o lo imaginario que podríamos creer muertas, pero que nos constituyen, sin saberlo, de cara al futuro.
  • ¿De qué hablamos cuando nos referimos al creciente desapego hacia la cultura, evidente en las clases más desprotegidas de nuestras sociedades avanzadas? Owen Jones, en su ensayo Chavs. La demonización de la clase obrera ([trad. de Íñigo Jáuregui]. 2012. Capitán Swing Libros) expone descarnada pero sistemáticamente el caldo de cultivo de ese alejamiento en que los viejos destinatarios de la mejora espiritual, de la difusión de ideas soñada por los gestores del bienestar, han quedado bloqueados ante una modernidad excluyente; y ante una cultura que los descarta. Si la propuesta de O.Jones parece sesgada por específica, puede reflexionarse también el alcance occidental de los descartes contemporáneos en la obra de Tony Judt, por ejemplo en los ensayos de Algo va mal ([trad.de Belén Urrutia]. 2011. Taurus).
  • Sobre lo incierto de los cambios laborales que vivimos a partir de la digitalización Gregorio Martín y Adolfo Plasencia aportan reflexiones y datos de referencia en «Digitalización y desaparición de empleos» en Claves de razón práctica, nº 231 (2013). Se refieren ahí a las implicaciones del Grado de Algoritmización/Automatización (GAA), entre otras cuestiones. No está de más permanecer atentos a las sorpresas que pueda deparar la «era digital» en la organización social, y a las adaptaciones —quién sabe si impotencia— de la cultura.
  • Se utiliza en el texto el concepto «politeya» que, de entrada, no recoge el Diccionario de la RAE, y no se usa siempre con idéntico significado. En la sociología anglosajona de fines del siglo XX se asoció prácticamente al estado, pero la politeya va más allá de la convivencia en el seno de las instituciones. Desde Aristóteles la idea de confluencia de poderes (de la oligarquía, de los gobiernos, pero también de otras formas de organización de la sociedad) ha invitado a pensar en una superestructura que da sentido —y moderación, según el sabio griego— a la vida en común, que no se agota en lo institucional y que se expresa en participación: algo así es la politeya. Al gestionar cultura uno no se libra en algún momento, o en muchos, de preguntarse en qué medida su acción favorece o se inscribe en la politeya, es decir, si proporciona opciones de mejora a la participación, la convivencia, desde luego más allá de los marcos institu-cionales. Nunca se debería rechazar una inquietud como esa, aunque tantas veces un entusiasmo estético o las urgencias cotidianas inviten a pasar de puntillas por el asunto.
  • Sería ingenuo proponerse una bibliografía específica sobre «la cultura y su gestión». Habría que bucear en monografías que, indirectamente, añadieran nombres y hechos a cómo se fue haciendo posible la música, la arquitectura, las novelas, las ideas mismas: esa sería la sugerencia de investigación y lectura más ambiciosa para quien se enfrenta a la gestión cultural. Como guía para esa búsqueda, podrían servir dos obras de Peter Watson editadas en España por Crítica, Ideas. Historia intelectual de la humanidad ([trad.de Luis Noriega]. 2008) y, sobre todo, Historia intelectual del siglo XX ([trad. de David León Gómez]. 2002).